Cuando se funden dos cuerpos
Nuestras figuras veo dibujadas a lo lejos. Solamente la distancia nos separa, pues con la mano te estoy tocando, lo noto, te recorro todo el cuerpo y cuando creo tenerte, te esfumas y con una leve sonrisa dibujada en tu cara, llamas a mi subconsciente para que se salve de las garras del cansancio, del sueño, de ese sopor del que me encuentro preso en la cama.
Me recuerdas que tengo que levantarme para abrir la ventana y ver mi pequeño río y aquellas gaviotas que graznan y revoloteando unas encimas de otras, dan vida y fuego a ese sol, que oculto entre los árboles, quiere vomitar sus rayos solares para que se alumbre el cielo, las calles, mi casa y el
campanario de esa iglesia en la plaza, que con su cruz mirando al cielo vela por tantas almas.
Yo, absorto en mis pensamientos, me despejo y de un gran brinco me despojo del pijama. Veo de pronto esos pantalones mal colgados, arrugados y que una pernera apunta al norte, ¡sí! por donde el primer rayo ha penetrado y reflejándose en la lámpara, ha ido a morir en ese cuadro de un barco con el mar en calma.
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